Ocurrió en Monterey Bay, California. Un grupo de orcas cazaba delfines comunes. Cuando la cacería terminó, una cría muy pequeña seguía ahí, nadando junto a ellas, en el lugar exacto donde debería haber estado su madre. Se quedó casi cinco horas. La fotógrafa e investigadora Morgan Quimby documentó la escena.

La cacería

Las protagonistas fueron las CA140B, una familia conocida al detalle por los investigadores de la zona: la matriarca Louise y sus hijas. Ese día perseguían delfines comunes, y lo hacían de una manera que volvió el encuentro caótico. Dos o tres orcas del grupo cazaban cada una su propio delfín al mismo tiempo, y Morgan cuenta que le costaba decidir hacia dónde apuntar la cámara.

Fotos: Morgan Quimby / California Killer Whale Project / Monterey Bay Whale Watch.

Morgan alcanzó a registrar varios de esos saltos de caza. En uno aparece Stinger, la hija mayor de Louise, con un delfín justo debajo de ella después de un intento fallido de embestida. En otros, la propia Louise, primero en un salto alto y después con la captura conseguida.

Para Morgan, que sale a la bahía todas las semanas, era la primera vez que presenciaba una depredación completa sobre delfines.

Cinco horas junto a la aleta equivocada

Fotos: Morgan Quimby / California Killer Whale Project / Monterey Bay Whale Watch.

En el grupo de delfines que las orcas atacaron había una cría muy pequeña. Todo parecía indicar que una de las adultas alcanzadas era su madre, aunque eso no pudo confirmarse.

Lo que vino después es lo que vuelve a este encuentro único. Desde las 10:30 de la mañana hasta cerca de las 3:30 de la tarde, la cría se mantuvo con el grupo de orcas. Y no de cualquier manera: se ubicaba junto a Bee, otra de las hijas de Louise, y casi siempre a la altura de su aleta dorsal. Cambiaba de lado cada tanto, pero la mayor parte del tiempo emergía pegada a uno de los costados de Bee.

Esa posición no es casual. Es exactamente la que ocupa una cría de cetáceo al lado de su madre, aprovechando la estela que genera el cuerpo del adulto para nadar con mucho menos esfuerzo.

La lectura de Morgan es tan simple como desoladora. La cría era demasiado chica para entender lo que acababa de pasar. Lo único que sabía hacer era buscar ese lugar, pegada a un costado. Su madre ya no estaba, y Bee fue lo más parecido que encontró.

Dos versiones de la misma relación

Fotos: Morgan Quimby / California Killer Whale Project / Monterey Bay Whale Watch.

Desde otra embarcación presente en el avistamiento observaron a Bee y a su hermana Buzz tratando con brusquedad a la cría. Morgan, en cambio, durante las salidas de la mañana y de la tarde, vio otra cosa: a Bee comportándose con suavidad, e incluso emergiendo más despacio para acomodarse a la velocidad más lenta del delfín.

Por qué Bee no la mató

Fotos: Morgan Quimby / California Killer Whale Project / Monterey Bay Whale Watch.

Esa es la pregunta que más le quedó dando vueltas a Morgan, y ella misma aclara que no tiene una respuesta segura.

Su hipótesis parte de un dato que solo se puede tener cuando se conoce a los individuos: Bee tiene alrededor de diez años y todavía no tuvo crías. Está entrando en la edad en la que podría tener la primera. Tal vez, sugiere Morgan, lo que pasó ese día fue una forma de ensayo, la práctica de un rol maternal con la cría de otra especie.

También contempla otra posibilidad más simple: que Bee haya estado arreando a la cría durante todo el día como una forma de juego.

Probablemente nunca sepamos cuál era el propósito de ese comportamiento. Ella prefiere pensar que Bee estaba practicando para ser madre.

El antecedente de Islandia

Fotos: Morgan Quimby / California Killer Whale Project / Monterey Bay Whale Watch.

La intuición de Morgan, la de una orca dirigiendo un impulso maternal hacia una cría que no es suya, no es una ocurrencia aislada. Tiene un antecedente científico documentado, y viene del Atlántico Norte.

En agosto de 2021, frente a la costa oeste de Islandia, un equipo documentó a una cría recién nacida de calderón común nadando junto a una orca hembra, exactamente en la misma posición en la que se ubicaba la cría de Monterey. Fue el primer registro publicado de conducta epimelética, es decir, de una orca hacia un animal de otra especie.

En 2022 y 2023, en el sur de la isla, se sumaron dos encuentros más, también con crías recién nacidas de calderón acompañando a grupos de orcas, sin ningún otro calderón a la vista. Allí los observadores describieron gestos compatibles con el cuidado: las orcas empujaban a la cría desde abajo, algo que podría servir para mantenerla a flote, y la cría volvía una y otra vez a su costado. En 2023 llegaron a ver a una cría levantada fuera del agua, panza arriba, sobre el lomo de una orca.

Hay, sin embargo, un límite importante. En ninguno de esos episodios los investigadores pudieron determinar dos cosas fundamentales: cómo llegó la cría hasta ese grupo ni qué pasó con ella después.

Lo de Monterey aporta algo que en Islandia faltaba. Acá sí se sabe en qué contexto apareció la cría: en medio de una cacería sobre su propio grupo. Y se sabe, al menos en parte, cómo siguió.

Cómo terminó

Fotos: Morgan Quimby / California Killer Whale Project / Monterey Bay Whale Watch.

Sobre el final de la tarde, la cría ya no pudo sostener el ritmo del grupo y quedó atrás.

Hasta donde alcanzaron a ver desde la embarcación, las orcas no la cazaron.

Morgan cierra su relato con un deseo, y aclara que quizás sea demasiado optimista: que la cría logre encontrar al enorme grupo de delfines comunes que anda por la bahía, y que otra hembra la acepte.

Cada tanto, las orcas hacen algo que nos obliga a admitir cuánto nos falta por entender. Esta fue una de esas veces.

Por qué importa que alguien estuviera mirando

Fotos: Morgan Quimby / California Killer Whale Project / Monterey Bay Whale Watch.

Estos episodios son raros, breves y casi siempre incompletos. Cada uno de los casos islandeses sumó una pieza a un rompecabezas que sigue sin armarse, y todos empezaron de la misma manera: alguien en el agua, con una cámara, prestando atención durante horas.

El trabajo que hay detrás de estas fotos tampoco es casual. Morgan las tomó como fotógrafa del California Killer Whale Project y de Monterey Bay Whale Watch, dos organizaciones que sostienen el catálogo de orcas de California y fotoidentifican a cada individuo que ven en la bahía. Ese trabajo, con datos que se remontan a los años ochenta, es la razón por la cual hoy podemos decir que la orca junto a la que nadaba esa cría se llama Bee, que es hija de Louise y hermana de Stinger y de Buzz.

Sin ese catálogo, esta sería la historia de una cría de delfín y unas orcas cualesquiera. Con él, es la historia de una familia con nombres, historia y parentescos conocidos. Esa diferencia es exactamente la que perseguimos en Orca Explorer.

Detrás de cada orca hay un individuo con su historia. Ayudanos a conocerlas: sumá tus avistamientos en www.orcaexplorer.com